- Estoy preocupado

Mi primer viaje a Andalucía, allá en los años en que agonizaba la dictadura, me sorprendió.espi2

En mi preadolescente imaginario, Andalucía, formaba parte de un territorio lejano de paisajes secos, de escasos bosques y con personas caracterizadas tal como las películas franquistas nos las representaban: años 60, castañuelas, guitarras y carromatos con Marisoles montadas en ellos cantado coplas con toreros, señor pueblerino haciendo de mánager de ella y alemanes encantados tocando palmas.

Aquel viaje era al inicio de Semana Santa, viajaba con mi padre y atravesamos pueblos pequeños donde los habitantes paseaban sus imágenes religiosas en procesión.  No era como en la televisión, multitudinarias y sangrantes, al contrario, pocas personas siguiendo las pequeñas imágenes. Vaya… mi imaginario ya no se correspondía tanto con lo que la televisión nos mostraba. Además, ¡Andalucía era verde! (los trigales formaban un tapiz de césped). Sorprendente.

Aquella fue mi última conexión con el mundo de las procesiones de Semana Santa. Transcurridos los años he superado el rechazo al dolor que expresan los iconos que pasean los fieles así como sus muestras de entrega gratuita.

En esta Semana Santa he asistido “involuntariamente” a tres procesiones, y me han gustado y enganchadoespi. Ya sentí, cuando hacía el Camino de Santiago, la atracción por la espiritualidad que congregan los actos religiosos y acabo de confirmar mi preocupación. Estoy lejos de las creencias y la Fe en aquello que no se puede demostrar y, a la vez, cerca de las personas que lo sienten. La Razón me impide identificarme con sus creencias e interpretaciones de la realidad pero empatizo con sus sentimientos y cómo viven la liturgia.

Las cofradías y sus cofrades dan miedo… Me pongo en la piel de esos alemanes que jaleaban a Marisol y la impresión que producen los encapuchados. Es para pensar que no hemos alcanzado los índices culturales de los países de la OCDE. Y los penitentes, los costaleros, las señoras de negro con peinetas, las bandas y las autoridades. Toda una tribu que está más cerca de aquella España del Franquismo de mi imaginario.

He tenido el privilegio de estar con la casta del clero y vivirlo desde dentro. He visto que los costaleros no son solo hombres, que las costaleras arriman el hombro, que los encapuchados son las señoras que me encuentro en el Mercadona y que Marisol con su Toro enamorado de la Luna tiene otro nombre: Pepa Flores. Entiendo que enganche todo el teatro que representan los actos litúrgicos. La gente adora a su clero como si fueran estrellas pop.

Me estoy preocupando…

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